jueves, 11 de diciembre de 2008

Hola..., gracias..., chau.

Son las tres palabras que más repetimos en el día. Calculá: una vez por cada cliente, entre 300 y 500 veces por día, 15 horas en cada día, 7 días a la semana, 30 días al mes, 364 días al año y así desde hace 11 años.... Cuánto te dió?
Algo así como 1.5 millones de veces hemos dicho Hola, Gracias y Chau entre mi marido y yo durante estos últimos 11 años. O sea que experiencia no nos falta.

Nos gusta el mundo del kiosko. Sobre todo a Willy. Lo hace con amor, con respeto por los clientes y los proveedores, con simpatía inigualable, con la palabra justa para cada uno, con la sonrisa a flor de piel, con ganas de seguir atendiendo aunque sea la hora de cerrar, con la responsabilidad de que no falte nada, de conseguir lo que cada cliente pide, de que esté todo en su lugar, con la alegría de que sus clientes se transformen en amigos, que sus proveedores también sean amigos, de que todos lo quieran, de caminar por la calle y saludar a alguien cada dos metros, de ser honesto, de ser trabajador y de estar satisfecho por el trabajo realizado cada día.


El kiosko no es sólo el lugar donde conseguir las golosinas, los dulces, las galletitas, las papas o patatas fritas, las bebidas, el pan, los regalitos, las chuches, la yerba, el mate, el dulce de leche o las tapas de empanadas. También es el lugar donde buscar o intentar conseguir "eso" que nos olvidamos cuando el super ya cerró, cuando tenemos invitados que no esperábamos, cuando es feriado o festivo y todo está cerrado, cuando nos olvidamos del postre, cuando se nos terminó la coca cola o la cerveza, o cuando nos dió un antojo. Ese lugar es el kiosko de la esquina, el de tu barrio, el de mi barrio.
Los kioskos cumplen esa función y muchas otras.

Al kiosko podés ir cuando querés contarle algo a alguien, que no sea muy conocido, pero tampoco un extraño, cuando querés comentar el resultado del último partido o escuchar lo que tiene para decirte el kioskero sobre tu equipo favorito. Podés ir cuando tu hija/o tiene un berrinche y ya no sabés como calmarlo, vas al kiosko y asunto solucionado.

Los kioskeros vemos a esos niños y los vemos crecer. Primero vemos a sus madres embarazadas, después los vemos en el carrito, poco más tarde entran corriendo al kiosko. Nos los traen los padres para que los saludemos el primer día de entrar a la escuela, los vemos cada día al entrar y salir del cole, los vemos cómo van creciendo y cambiando de gustos, los vemos en su época de los chupetines o chupa-chups, después con las patatas, más tarde empiezan a juntar figuritas o cromos. Esa época dura bastante... Casi-casi cuando terminan con los cromos, empiezan con las noviecitas. Esa ya es la época del secundario o instituto. Ahí ya vienen solos a comprar las patatas, la coca-cola...

Y nosotros ahí estamos. Se darán cuenta ellos que para nosotros también pasa el tiempo.

Contanos de tu kioskero, el de tu barrio, en Argentina, en España o donde estés.
Queremos seguir haciendo amigos...

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